Hoy he tenido el placer de ser invitado a vivir este primer domingo de las Fiestas de la Virgen del Rosario desde su auténtica alma: una peña. Pero no una peña cualquiera. Qué digo una peña… ¡la mejor de todas! La Peña Los Kirikis. Y sí, reconozco que después de cómo me han tratado quizá no sea del todo imparcial.
Porque más allá de los conciertos, los actos, las actuaciones y toda la programación que durante estos días llena las calles de La Unión, hay algo que explica por qué estas fiestas tienen ese carácter tan especial, familiar y cercano. Y, haciendo honor al propio nombre del municipio, tan de unión. Son sus peñas y, sobre todo, sus peñistas.
Este domingo no había ninguna actuación programada en el escenario de la plaza y eso permite descubrir otra cara de las fiestas. Una quizá menos visible para quien llega desde fuera, pero que merece mucho la pena conocer. Los peñistas se reúnen y preparan ellos mismos la comida: paellas, calderos o lo que toque ese día. Aquí no hay un empresario de restauración contratado para gestionar la barra mientras los demás se dedican únicamente a disfrutar de la fiesta. Aquí arrima el hombro todo el mundo. Unos cocinan, otros preparan las mesas, otros atienden y otros recogen. Cada uno aporta lo que puede para que todo salga bien.
Y cuando llegan los grandes actos organizados por el Ayuntamiento y la plaza se llena de visitantes, ocurre exactamente lo mismo. Son los propios peñistas quienes gestionan las barras de sus casetas. Se organizan y van rotando para que todos puedan trabajar un rato y, por supuesto, disfrutar también de las fiestas. Lo recaudado sirve después para ayudar a financiar la propia peña.
Puede parecer un pequeño detalle, pero seguramente ahí esté una de las claves de estas fiestas. Las peñas no son únicamente un lugar donde reunirse. Sus integrantes participan, trabajan, colaboran y hacen posible buena parte del ambiente que encuentra quien visita La Unión estos días. Y otra cosa importante: los precios son populares. Algo que también se agradece cuando uno sale a disfrutar de unas fiestas.
Después de comer llega otro momento que me ha llamado especialmente la atención. Aquí nadie termina, deja el plato encima de la mesa y desaparece. Cuando acaba la comida, toca recoger y vuelven a colaborar todos. Cada uno recoge lo suyo, se ordena la peña y entonces sí, comienza la sobremesa. Y no hace falta demasiado para pasarlo bien: un parchís, una baraja de cartas, unos dardos y, sobre todo, ganas de estar juntos.
A las cinco de la tarde llega otro de esos momentos que demuestran el ambiente que se respira entre las peñas: el bingo. Bueno, mejor diremos “sorteo de regalos”, no vaya a ser que Hacienda esté leyendo DCCT y nos meta mano. Más de veinte mesas y alrededor de un centenar de personas participan en este clásico encuentro organizado por la Peña Piriripao, convirtiendo una tarde sin grandes actuaciones en otro momento de convivencia y diversión. Porque aquí realmente no hace falta que haya un concierto para que haya fiesta.
Los peñistas comen juntos prácticamente todos los días. Unas jornadas serán más y otras menos, porque cuando comienzan las actuaciones en el escenario de la plaza también toca trabajar. Mientras cientos de personas disfrutan del espectáculo, detrás de las barras están ellos. Sirviendo una cerveza, preparando algo de comer, cobrando, recogiendo y organizándose para que después otro compañero pueda relevarlos y ellos también tengan su momento para disfrutar. Se divierten, sí. Pero también curran.
Y quizá eso sea precisamente lo que alguien que viene simplemente a ver una actuación no llega a apreciar. Detrás de cada caseta hay muchas horas, muchas manos y mucha gente trabajando de manera desinteresada para mantener viva su peña y, con ella, una parte fundamental de las Fiestas de La Unión.
Hoy me ha tocado verlo desde dentro. He sido un pequeño infiltrado entre los peñistas y he podido comprobar que buena parte de la personalidad de estas fiestas no está únicamente sobre un escenario. Está alrededor de una mesa, detrás de una barra, delante de una paella o en una partida de parchís después de comer.
Y después de cómo me han recibido, ya les he amenazado con volver. Es lo que tiene encontrarte con buena gente y que te traten tan bien: que uno llega como invitado y termina sintiéndose como uno más. Así que solamente queda decir una cosa: ¡Viva Los Kirikis! ¡Y vivan las Fiestas de la Virgen del Rosario de La Unión!


Como siempre es un placer que vengas amig