En la ladera del cerro de la Concepción, junto al Teatro Romano, permanece abierta una herida en el paisaje de Cartagena. Son las ruinas de la antigua Catedral de Santa María la Mayor, Santa María la Vieja, un templo que fue sede episcopal y que todavía guarda, entre sus muros y bajo el suelo, episodios decisivos de la historia de la ciudad.
La tradición sitúa en Cartagena los primeros pasos del cristianismo en España y atribuye al apóstol Santiago la fundación de la primera iglesia. No hay pruebas arqueológicas concluyentes que permitan afirmar que el apóstol desembarcó aquí o que fundó este templo. Pero la antigua importancia cristiana de Cartagena no depende únicamente de esa tradición: la ciudad fue una sede episcopal de gran relevancia en la Antigüedad tardía, y su memoria quedó ligada a una larga disputa por el lugar que debía ocupar dentro de la Iglesia hispana.
Esa historia no terminó con la conquista castellana. Tras la recuperación de Cartagena en el siglo XIII, se restauró la diócesis y Santa María se convirtió en su iglesia principal. Pero el traslado de la sede episcopal a Murcia en 1291 es uno de los episodios más discutidos de la historia eclesiástica española.
Durante siglos se ha repetido que el papa Nicolás IV autorizó el traslado mediante una bula. El arqueólogo e historiador Iván Negueruela, en sus libros Murcia por una mitra y Materia Scandali, sostiene que esa autorización nunca existió. Según su investigación, el documento atribuido al papa no era una bula que aprobara el traslado, sino una carta en la que Nicolás IV pedía información sobre la situación de la diócesis. Negueruela afirma que Roma no autorizó el traslado y que el pontífice llegó a calificar el asunto de materia scandali, materia de escándalo. La documentación y la interpretación de este episodio han generado debate, pero la tesis del investigador obliga, como mínimo, a revisar una versión que durante mucho tiempo se presentó como indiscutible.
La reivindicación de Cartagena como antigua sede primada también se proyecta sobre esa historia. Su rango metropolitano en época antigua forma parte de la memoria de la ciudad y de una controversia histórica que se remonta a la relación entre Cartagena y Toledo. Hablar de ello exige atender a los documentos y a las distintas interpretaciones; también exige no borrar la relevancia que tuvo Cartagena en los primeros siglos del cristianismo hispano.
El edificio actual es fruto de muchas etapas. La iglesia medieval fue reformada y reconstruida a lo largo de los siglos; entre 1899 y 1904, el arquitecto Víctor Beltrí dirigió una intervención de gran alcance. Por eso, las ruinas reúnen huellas de distintas épocas, desde elementos góticos hasta transformaciones posteriores. Entre los espacios singulares estuvo la capilla del Concejo, vinculada a la vida municipal. El templo también albergó imágenes y obras de gran devoción, como la Virgen del Rosell y las esculturas de los Cuatro Santos realizadas por Francisco Salzillo, piezas que ya no forman parte de la visita cotidiana a las ruinas.
Bajo Santa María la Vieja se extiende otra historia. Las excavaciones han documentado restos de distintas épocas y han confirmado que la catedral se superpone parcialmente al graderío superior del Teatro Romano. En una cripta se conserva un mosaico romano hallado en el siglo XIX, testimonio de la vida que existía en este lugar antes del templo. La catedral y el teatro no son dos monumentos aislados: juntos muestran cómo Cartagena fue construyéndose, capa sobre capa, sobre su propio pasado.
La Guerra Civil dejó el edificio gravemente dañado. Los bombardeos destruyeron las cubiertas y afectaron a las capillas del lado norte. Desde entonces, la catedral quedó en ruinas. Pero la guerra explica el inicio de su deterioro, no las décadas que han seguido sin una recuperación integral.
En los últimos años se han sucedido estudios, propuestas y conversaciones. En 2025 se eligió por unanimidad una propuesta de restauración, pero en agosto de 2026 el Ayuntamiento dio por concluido aquel concurso después de que el Obispado señalara que el proyecto ganador no se ajustaba al uso religioso previsto. Ambas partes anunciaron la búsqueda de un nuevo acuerdo, con el Plan Director y el Plan Nacional de Catedrales como referencias. Hay una base para actuar; lo que Cartagena necesita ahora son decisiones y trabajos que conviertan los anuncios en conservación efectiva.
Cuesta entender que un edificio de tanto valor histórico, artístico y espiritual siga en un estado tan lamentable. La responsabilidad no recae en una sola institución: el Obispado de Cartagena es propietario del inmueble y las administraciones públicas tienen deberes de protección dentro de sus competencias. Por eso, la pregunta alcanza al Obispado, a la Comunidad Autónoma de la Región de Murcia y al Estado: ¿cómo se ha permitido que una de las grandes joyas de la historia cristiana de España permanezca durante tanto tiempo sin una solución definitiva?
Santa María la Vieja no necesita que se borren las heridas que forman parte de su historia. Necesita que se la proteja, se estudie y se devuelva a la ciudad con un proyecto capaz de respetar sus restos y explicar lo que significan. Quienes pasan ante sus muros también tienen derecho a expresar lo que sienten. ¿Qué les provoca ver así la antigua Catedral de Cartagena? Invitamos a los lectores a compartir su opinión y a reclamar que quienes deben cuidar este patrimonio asuman, por fin, esa responsabilidad.

