18 de octubre de 1936: el día en que las bombas volvieron a caer sobre Cartagena después de 63 años

Hace 90 años, Cartagena sufrió su primer bombardeo aéreo de la Guerra Civil, un ataque de aviones alemanes que dejó 22 muertos y abrió una de las etapas más trágicas de la historia de la ciudad.

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Colaborador JF Galindo
Colaborador Cartago Mundi

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Hace hoy 90 años, dos aviones alemanes bombardearon Cartagena mientras sus habitantes dormían. El ataque, que dejó al menos 22 muertos según la prensa de la época, marcó el comienzo de uno de los capítulos más trágicos de la historia contemporánea de la ciudad.

Cartagena amaneció aquel domingo 18 de octubre de 1936 de una manera que sus habitantes difícilmente podrían olvidar. Eran aproximadamente las seis y cuarto de la mañana cuando el estruendo de las explosiones rompió el silencio de una ciudad que todavía dormía. Las bombas comenzaron a caer sobre sus calles y edificios, sembrando la destrucción y dejando numerosas víctimas. Por primera vez desde los bombardeos de la Guerra Cantonal, más de seis décadas atrás, Cartagena volvía a sufrir un ataque de estas características. La guerra, que hasta entonces muchos cartageneros habían conocido principalmente a través de las noticias del frente, irrumpía de forma devastadora en sus propios hogares.

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Habían transcurrido apenas tres meses desde el inicio de la Guerra Civil española. Cartagena permanecía fiel al Gobierno de la Segunda República y su importancia militar era extraordinaria. Su Arsenal, sus instalaciones portuarias y su condición de principal base de la flota republicana en el Mediterráneo la convertían en un objetivo estratégico para las fuerzas sublevadas. Durante aquellos días, el puerto registraba una intensa actividad con la llegada y descarga de material de guerra, una circunstancia que llevó al mando franquista a preparar una operación aérea destinada a interrumpir o dificultar esos suministros.

El ataque fue ejecutado por dos bombarderos alemanes Junkers Ju 52/3m, pertenecientes a las unidades conocidas como «Pedros» y «Pablos». Estos aparatos, inicialmente concebidos como aviones de transporte y adaptados para misiones de bombardeo, formaban parte de la ayuda militar que la Alemania nazi prestaba a los sublevados desde los primeros meses del conflicto. En octubre de 1936 todavía no se había constituido formalmente la Legión Cóndor, aunque militares y aeronaves alemanes ya participaban activamente en operaciones de guerra en territorio español.

Los dos aviones despegaron de la base aérea de Armilla, en Granada, alrededor de las cuatro de la madrugada. Después de aproximadamente dos horas de vuelo, alcanzaron Cartagena cuando todavía era de noche. Su objetivo eran los barcos y las instalaciones del puerto, pero el ataque terminaría golpeando también el corazón de la ciudad.

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Las defensas antiaéreas cartageneras detectaron la presencia de los aparatos y abrieron fuego. Sin embargo, los bombarderos consiguieron efectuar una pasada de sur a norte, uno detrás del otro, a unos 1.500 metros de altura. Lanzaron diez bombas de 250 kilogramos cada una, una carga explosiva de enorme capacidad destructiva para las construcciones urbanas de aquella época.

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Las bombas, dirigidas inicialmente contra los buques fondeados, alcanzaron zonas céntricas de Cartagena. Varias edificaciones quedaron destrozadas y numerosos vecinos fueron sorprendidos dentro de sus viviendas. El sonido de las detonaciones, los derrumbamientos y la confusión de aquellos primeros momentos marcaron el despertar de una población que no estaba preparada para semejante ataque.

El balance humano fue especialmente doloroso. Según recogió el periódico Cartagena Nueva en su edición del 20 de octubre de 1936, el bombardeo provocó la muerte de 22 personas, además de numerosos heridos, tanto civiles como militares. Las ambulancias de la Cruz Roja tuvieron que intervenir para atender y trasladar a las víctimas mientras los servicios de emergencia afrontaban las consecuencias de las explosiones.

Detrás de aquellas cifras había historias personales truncadas. Una de las víctimas documentadas fue Antonia Gómez Vivancos, una joven de tan solo 19 años, cuyo fallecimiento el 18 de octubre de 1936 figura en el catálogo de fosas de la memoria histórica de la Región. Su muerte aparece vinculada expresamente a la explosión de una bomba durante aquel primer ataque aéreo. Su nombre permite recordar que, más allá de las operaciones militares y de los objetivos estratégicos, quienes sufrieron las consecuencias de la guerra fueron también ciudadanos que simplemente se encontraban en sus casas.

Los bombarderos lograron regresar a Granada pese al fuego de las baterías antiaéreas cartageneras. El parte militar de los sublevados presentó la operación como un éxito, aunque la documentación histórica permite distinguir entre los objetivos que se pretendían alcanzar y las consecuencias reales que sufrió la población civil.

El ataque tuvo además una consecuencia decisiva para el futuro de Cartagena. Las autoridades comprendieron que la ciudad necesitaba preparar su defensa frente a una amenaza que podía repetirse en cualquier momento. Comenzaron así los estudios para habilitar refugios antiaéreos capaces de proteger a los habitantes durante las incursiones enemigas.

Curiosamente, pese a la gravedad de lo ocurrido, la vida cotidiana intentó recuperar su ritmo inmediatamente. El lunes 19 de octubre, según recoge la investigación histórica sobre aquellos bombardeos, buena parte de los cartageneros volvió a sus puestos de trabajo y a sus actividades habituales. Pero aquella aparente normalidad no podía ocultar una realidad: la ciudad había entrado en una nueva etapa de la guerra.

Y lo peor todavía estaba por llegar.

Apenas dos días después, el 20 de octubre, Cartagena volvería a ser bombardeada. Aquel primer ataque no había sido un episodio aislado, sino el comienzo de una prolongada campaña aérea contra una de las principales posiciones estratégicas de la República.

Durante los años siguientes, los habitantes de Cartagena aprenderían a reconocer las alarmas, a buscar protección bajo tierra y a vivir pendientes del cielo. Los refugios antiaéreos se convertirían en parte fundamental de la supervivencia cotidiana, mientras las explosiones dejaban una huella cada vez más profunda en el paisaje urbano y en la memoria colectiva.

Una moción recogida en la documentación municipal cifró en 117 las incursiones de la aviación enemiga sobre Cartagena durante la Guerra Civil, con un balance global de 223 víctimas mortales, varios centenares de heridos y 336 fincas completamente derruidas. Son cifras correspondientes al conjunto del conflicto, no únicamente al bombardeo de aquel 18 de octubre.

Noventa años después, aquel amanecer sigue ocupando un lugar especialmente doloroso en la historia de Cartagena. Una ciudad acostumbrada desde hacía siglos a defender su puerto y sus murallas descubrió que las guerras modernas podían alcanzar a sus habitantes desde el aire, sin necesidad de que el enemigo llegara hasta sus puertas.

El 18 de octubre de 1936, Cartagena no solo sufrió su primer bombardeo aéreo de la Guerra Civil. También comenzó una etapa de miedo, resistencia y sufrimiento que marcaría para siempre a toda una generación de cartageneros. Recordar aquella fecha es, sobre todo, recordar a quienes perdieron la vida y a quienes tuvieron que aprender a sobrevivir bajo las bombas.

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Aida Belmonte
Aida Belmonte
Aida Belmonte dirige ¿Dónde Comemos? Cartagena, donde lidera el enfoque informativo del medio y la cobertura de actualidad local, cultural y social en Cartagena y su comarca.
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