La Guerra Civil no comenzó en Cartagena con el estruendo de una bomba ni con el avance de un ejército por sus calles. Comenzó con rumores, llamadas telefónicas, puertas cerradas y hombres armados que esperaban órdenes que no terminaban de llegar. Mientras la ciudad seguía respirando el calor de julio, dentro del Arsenal se decidía algo mucho más grande que el futuro de Cartagena: el control de la principal base naval de la República en el Mediterráneo.
La sublevación militar había comenzado el 17 de julio de 1936 en el protectorado español de Marruecos. Entre los días 18 y 20, una parte importante de los oficiales destinados en el Arsenal de Cartagena trató de adherirse al golpe. Durante unas cuarenta y ocho horas, los mandos sospechosos patrullaron armados, detuvieron a compañeros leales y esperaron que desde Valencia llegara la orden de sacar las tropas a la calle y declarar el estado de guerra. Pero la orden no llegó o nadie se atrevió a ejecutarla. Los auxiliares, suboficiales y marineros se prepararon para resistir, mientras el general Toribio Martínez Cabrera, comandante militar de la plaza y leal al Gobierno, advirtió que emplearía a sus fuerzas y a la Guardia de Asalto contra cualquier unidad que abandonara el Arsenal.
Aquella indecisión terminó siendo decisiva. El 20 de julio, la marinería y los auxiliares tomaron el control del recinto, destituyeron y arrestaron a los oficiales implicados y abrieron las puertas a la multitud que esperaba en la entonces plaza de la República, actual plaza del Rey. Manuel Gutiérrez fue proclamado jefe del Arsenal y Antonio Ruiz González quedó al frente de la Base Naval. Cartagena permanecía en manos republicanas y el golpe había fracasado en uno de los enclaves militares más importantes del país. Pero mientras dentro del Arsenal se libraba aquella batalla silenciosa, en las calles de la ciudad estaba ocurriendo otro episodio que quedaría para siempre unido al comienzo de la guerra: la muerte del Chipé.
El Chipé se llamaba Juan Vicente Fernández y había nacido en Alhama de Murcia en 1901. Su apodo procedía probablemente de la palabra calé «chipén», utilizada con el sentido de verdad o certeza. Creció en una familia dedicada al esquileo y terminó convirtiéndose en uno de los personajes más temidos de los bajos fondos cartageneros. Era pequeño y delgado, pero tenía fama de pendenciero y sabía manejar la navaja. Frecuentaba las tabernas y prostíbulos del Molinete, había pasado por la cárcel y acumulaba numerosos antecedentes por peleas y agresiones. No era un personaje romántico ni uno de esos bandoleros que el tiempo convierte en héroes. Era un matón al que muchos conocían y al que casi todos temían.
Su historia, sin embargo, no puede separarse de la política. El historiador Pedro María Egea Bruno documentó sus vínculos con sectores influyentes de la derecha cartagenera. Trabajó como cochero y hombre de confianza del veterinario Ramón Mercader Zaplana y fue utilizado como elemento de protección e intimidación durante campañas electorales. En febrero de 1936 habría prestado servicio en actos de propaganda de las derechas, en una época en la que pegar un cartel podía acabar en una pelea y en la que los partidos recurrían ocasionalmente a individuos procedentes del hampa para proteger mítines, amenazar rivales o provocar altercados. El Chipé pasó así de la delincuencia común a convertirse, quisiera o no, en una pieza del enfrentamiento político que estaba rompiendo España.
El 19 de julio, con Cartagena paralizada por las noticias de la sublevación y con centenares de personas esperando información frente a Capitanía, el Chipé se encontró en la calle de Balcones Azules con dos hombres llamados Patricio Zaragoza y Leopoldo. La conversación terminó en una pelea y Juan Vicente sacó un arma blanca, hiriendo a sus adversarios. Algunas fuentes presentaron el suceso como una simple riña entre personajes de los bajos fondos. Otras interpretaron que se trataba de una provocación política: un altercado destinado a enfurecer a los trabajadores, provocar un enfrentamiento con las fuerzas de orden público y ofrecer a los militares una excusa para sacar las tropas a la calle. La documentación permite reconstruir el episodio, pero no conocer con absoluta seguridad qué órdenes recibió el Chipé ni qué pretendía exactamente cuando inició la pelea.
El Chipé fue detenido y conducido a la comisaría situada en la plaza de la Merced. La noticia corrió por Cartagena y una multitud comenzó a concentrarse ante el edificio. Muchos exigían que el detenido fuera entregado para hacer justicia por su cuenta. La tensión era enorme, pero los testimonios de aquellos días también muestran que autoridades y dirigentes del Frente Popular intentaron contener a la gente y evitar el asalto. Se formaron cordones policiales y se decidió trasladar al preso a la cárcel de San Antón. El alcalde César Serrano llegó a firmar una orden escrita para que la conducción se realizara legalmente. No fue, por tanto, una simple apertura de puertas ante una masa descontrolada, como después repetiría parte de la propaganda de la posguerra.
Lo que sucedió durante aquel traslado continúa envuelto en versiones contradictorias. Los sumarios posteriores implicaron al guardia municipal Francisco Blázquez Sánchez, mientras que una reconstrucción basada en testimonios orales atribuyó el disparo mortal al militante libertario Manuel Martínez Norte. Según esta última versión, Martínez Norte viajaba junto al detenido y le disparó en la base del cráneo dentro del vehículo. Otros relatos sostuvieron que fue entregado vivo a la multitud o que recibió varios disparos antes de caer en sus manos. La distancia temporal, las declaraciones obtenidas durante la represión franquista y la utilización política del episodio hacen imposible cerrar completamente el caso con un único relato. Lo que sí parece claro es que el Chipé no llegó a la cárcel de San Antón.
Su muerte no puso fin a la violencia. El cadáver fue atado y arrastrado durante horas por las calles de Cartagena. La reconstrucción más repetida señala que fue llevado hasta el muelle, exhibido en las inmediaciones del café de La Palma Valenciana y trasladado después hasta las Puertas de San José, donde intentaron quemarlo con gasolina. Las calles estaban llenas aquel domingo de verano y cada vez más personas se incorporaban a una comitiva que mezclaba odio político, deseos de venganza, curiosidad y alcohol. Algunos de los detalles más truculentos fueron exagerados o añadidos posteriormente, pero la profanación del cuerpo y su paseo por la ciudad quedaron grabados en la memoria de varias generaciones de cartageneros.
El Chipé no fue una figura importante por lo que hizo en vida, sino por todo lo que su muerte terminó representando. Para unos fue la primera víctima de la violencia revolucionaria en Cartagena. Para otros, el matón utilizado por quienes pretendían derribar la República y el hombre sobre el que descargó una ciudad todo el miedo acumulado durante aquellos días. El franquismo convirtió su cadáver en una imagen del supuesto caos republicano; la memoria popular hizo de él una leyenda oscura; y los historiadores han tratado después de separar los hechos de las exageraciones, los documentos de la propaganda y la verdad de las historias repetidas durante décadas.
Aquella tarde del 19 de julio, Cartagena estaba a un paso de caer del lado de los sublevados. Los oficiales del Arsenal seguían esperando una oportunidad, los marineros vigilaban a sus mandos y la ciudad entera escuchaba rumores sin saber si al día siguiente amanecería bajo la República o bajo el estado de guerra. La pelea del Chipé pudo haber sido una provocación preparada o simplemente la última fechoría de un delincuente que no comprendió el peligro del momento. Su muerte evitó que llegara a declarar, y con ella desapareció también la posibilidad de conocer toda la verdad.
La Guerra Civil comenzó en Cartagena de esa manera: sin un frente definido, con el poder disputándose dentro del Arsenal y con un cadáver recorriendo unas calles que todavía no sabían que durante los siguientes tres años mirarían al cielo con miedo. El Chipé fue culpable de muchos actos durante su vida, pero también terminó convertido en un chivo expiatorio sobre el que una ciudad aterrorizada descargó sus odios. Recordar su historia no significa justificarlo ni justificar a quienes lo mataron. Significa entender cómo, cuando desaparecen la calma, la confianza y la ley, una pelea callejera puede acabar formando parte de la historia de todo un país.














