Santa Lucía Beach, la playa urbana de Cartagena.

Una imagen generada por inteligencia artificial reabre el debate sobre la recuperación del frente marítimo de Santa Lucía y la posibilidad de que Cartagena cuente algún día con una auténtica playa urbana integrada en la ciudad.

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Cartagena vive en un marco mental viejo.

Igualdad, derechos y privilegios.

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En 1921, Fred R. Barnard popularizó la frase “una imagen vale más que mil palabras” mientras promocionaba el uso de fotografías en los tranvías de Nueva York con fines publicitarios. Un siglo después, las imágenes han evolucionado hasta un punto que Barnard jamás habría imaginado: muchas ya ni siquiera son humanas, ni en su origen ni en su intención.

Por eso, quizás haya llegado el momento de actualizar el viejo dicho. Si antes una imagen podía valer más que mil palabras, hoy una imagen generada por IA puede provocar más de mil polémicas. Pero esta revolución tecnológica, cuando se usa como herramienta al servicio de la imaginación humana, deja de ser una amenaza y se convierte en un multiplicador de nuestras capacidades.

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Imagino al cartagenero de hoy plantado frente a esta imagen de la playa urbana generada por IA. Y, como si jugara al viejo pasatiempos de encontrar los siete errores, no tardaría en sacar a relucir esa crítica tan bordesica y tan nuestra, capaz de detectar fallos incluso más de los que realmente hay.

Pero ese cartagenero —el de ahora y el de 1921— comparte un anhelo que atraviesa generaciones. Un deseo tan simple como profundo, algo que la

Naturaleza nos regaló y que la política jamás ha sabido poner en valor: la playa urbana de Cartagena. Esa playa que siempre estuvo ahí, en potencia, como una promesa incumplida. Esa playa que imaginamos, discutimos, soñamos y perdemos una y otra vez en los pliegues de la historia. Quizás por eso estas imágenes, aunque imperfectas, despiertan algo más que polémica: despiertan memoria. Y, sobre todo, despiertan la pregunta de qué ciudad podríamos ser si por fin dejáramos de mirar en la dirección contraria y nos atreviéramos a reconciliarnos con el Mare Nostrum.

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Y aunque la Naturaleza, siempre generosa, nos regaló la preciosa Cala Cortina, a un suspiro de la ciudad, siendo rigurosos, no es una playa urbana. Es un refugio, sí; un tesoro querido por todos; un rincón que forma parte del imaginario sentimental de Cartagena. Pero no es —ni ha sido nunca— esa playa integrada en la vida cotidiana, en el pulso urbano, en el paseo espontáneo de caminar por el puerto y desembocar en la playa de la ciudad para tomar unas marineras y unas cañas que mitiguen “la que está cayendo”.

Si retrocedemos más allá de 1921 y observamos qué hicieron nuestros antepasados, descubrimos algo revelador. Mucho antes de que Cartagena soñara con una playa urbana moderna, la ciudad ya había encontrado su propia manera de vivir el mar. Los balnearios de San Bernardo y San Pedro del Mar, levantados entre finales del siglo XIX y principios del XX, fueron el equivalente cartagenero a esa playa que hoy soñamos: estructuras de madera suspendidas sobre el agua, con terrazas, zonas de baño, restaurantes y escaleras que descendían directamente al Mediterráneo. Eran más que simples instalaciones: eran un pequeño ecosistema social. El corazón del verano cartagenero. Un lugar donde la ciudad se encontraba consigo misma, accesible desde el puerto y frecuentado por todas las clases sociales. En ellos se condensaba una idea que hoy parece casi revolucionaria: que el mar no era un límite, sino un espacio público; no solo un recurso industrial, sino un derecho ciudadano.

Volviendo a nuestros días, Pedro Pablo Hernández, presidente de la Autoridad Portuaria de Cartagena, se ha convertido en el principal guardián de una idea que lleva más de una década sobre la mesa: trasladar los contenedores de Santa Lucía a El Gorguel. Mientras el Gobierno central cierra la puerta al proyecto, Ayuntamiento, C.A.R.M y organizaciones empresariales la mantienen entreabierta. En ese choque de visiones, Hernández introduce un argumento que trasciende la confrontación institucional: si la dársena de contenedores se construyera en El Gorguel, los muelles de Santa Lucía —hoy ocupados por cápsulas de

almacenamiento— quedarían libres y podrían volver al uso y disfrute de la ciudad. En otras palabras, la operación no solo movería mercancías; reactivaría el viejo anhelo de Cartagena: contar, por fin, con una playa urbana en su frente marítimo.

En la misma línea de trasladar los contenedores al El Gorguel aparece el Proyecto Final de Estudios La Isla, del arquitecto de la UPCT Alfonso Bernal Gallego, una propuesta que imagina una transformación radical de Santa Lucía. Su planteamiento es sencillo en apariencia, pero profundo en implicaciones: trasladar la terminal de contenedores y convertir el vacío resultante en un gran parque litoral de 300.000 metros cuadrados, con tres zonas de baño, un arenal urbano, humedales depuradores y nuevos paseos que devolverían al barrio su relación histórica con el mar.

Basado en un estudio minucioso de la evolución del puerto desde 1799, el proyecto propone abrir a la ciudadanía un frente marítimo hoy inaccesible, dignificar el barrio conectándolo con sus elementos naturales y conservar la memoria portuaria integrando grúas, trazas ferroviarias y el antiguo tinglado, convertido en hito arquitectónico y centro de ocio con vistas a la bahía.

Lo interesante es que el proyecto La Isla no surge en el vacío: dialoga con un patrón que otras ciudades españolas comprendieron hace tiempo. Barcelona regeneró Nova Icaria y Bogatell sobre antiguos paisajes industriales y portuarios; Málaga transformó La Malagueta en un frente marítimo plenamente urbano; Valencia recuperó el vínculo ciudadano con Las Arenas y la Malvarrosa allí donde durante décadas dominaron vías férreas, astilleros y fábricas; Las Palmas integró las Alcaravaneras en la vida cotidiana de la ciudad; y Santa Cruz de Tenerife convirtió Las Teresitas —gracias a arena importada— en un icono atlántico.

Todos estos casos comparten una misma intuición: una playa no es un accidente geográfico, sino una infraestructura emocional. Allí donde antes había contenedores, carbón, vías férreas o explanadas de hormigón, hoy hay baños, paseos, comercios y vida social.

Así, siguiendo aquella vieja máxima de que si lo crees, lo creas, la próxima vez que alguien pregunte “¿Dónde comemos en CT?”, podremos responder con otra pregunta: “¿Y si nos tomamos unas marineras en la playa de Santa Lucía?”. Porque esa escena, que hoy suena a deseo, empieza a comportarse como una hipótesis plausible: la ciudad imaginando lo que podría ser y, al hacerlo, dando el primer paso para convertirlo en realidad.

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2 COMENTARIOS

  1. Hacer una playa conllevaria:
    Que los grandes cruceros no pudieran atracar en el muelle de cruceros por riesgos en la maniobra de atraque por falta de lamina de agua.
    Que las personas que extuvieran en el borde de esa linea de separacion entre la playa y la darsena pudieran ser succionados por la helice del crucero o del remolcador de ayuda en la maniobra de atraque o desatraque.
    El coste de obra seria desorbitante ya que una playa no es un estanque o piscina, y el viento harian que la arena de la playa acabara en el fondo, por lo que cada cierto tiempo se deberia dragar la zona de maniobra de los buques.
    Espero haberte aclarado la quimera que algunos ignorantes quieren vendernos a los cartageneros.

  2. Muy buen artículo como siempre. J.M. Carrión da una vez más en el clavo y nos ilusiona activando los proyectos q todos llevamos en el corazón para nuestra ciudad. Mis felicitaciones

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J.M. Carrión
J.M. Carrión
Informático de formación, trabajó como diseñador gráfico en la película finalista a los Premios Goya(2012); Cartagonova. Fue uno de los miembros fundadores de Movimiento Ciudadano de Cartagena y mantiene un firme compromiso cívico y cultural con la ciudad. Tras superar dos oposiciones nacionales, ejerce como funcionario de carrera en el Ministerio de Justicia.
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