Cartagena, la ciudad que Napoleón jamás pudo conquistar

Mientras las ciudades de su entorno caían bajo el ejército francés, Cartagena resistió tras sus murallas y nunca llegó a ser conquistada.

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Hubo un tiempo en que el mapa de España parecía deshacerse bajo las botas de Napoleón. Las noticias llegaban envueltas en miedo y hablaban de ciudades ocupadas, ejércitos derrotados, cosechas incendiadas y familias obligadas a abandonar sus casas. Córdoba, Sevilla, Ronda, Málaga, Granada y Jaén fueron cayendo una tras otra. Zaragoza resistió hasta quedar destrozada. Valencia terminó capitulando. Más cerca, Lorca fue saqueada, Murcia sufrió dos ocupaciones y las tropas francesas extendieron la destrucción por Águilas, Caravaca, Cehegín, Mula, Alhama, Alcantarilla, Jumilla, Yecla y otros lugares. En medio de aquel avance que parecía imposible de detener, una ciudad permaneció cerrada al invasor. Cartagena no se rindió. Ningún ejército napoleónico consiguió atravesar sus puertas y ninguna bandera francesa ondeó sobre sus murallas.

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La resistencia comenzó mucho antes de que los soldados enemigos aparecieran en el horizonte. El 23 de mayo de 1808, apenas unas semanas después del levantamiento de Madrid, Cartagena se convirtió en una de las primeras ciudades del litoral mediterráneo en rebelarse contra Napoleón. El pueblo salió a las calles al conocer las abdicaciones de Bayona y exigió la proclamación de Fernando VII. Aquella noche se tremoló el pendón de la ciudad y se constituyó una Junta de Gobierno que comenzó a tomar decisiones con una rapidez extraordinaria. Cartagena no esperó a que otros organizaran su defensa. Cortó la comunicación con el Gobierno controlado por los franceses, ordenó detener las instrucciones que pretendían enviar la escuadra española de Mahón a Tolón y comenzó a preparar hombres, armas y fortificaciones para una guerra que ya parecía inevitable.

La ciudad tenía motivos para sentirse fuerte. Durante el siglo XVIII se había convertido en una de las plazas militares más importantes del Mediterráneo. El Arsenal, el Parque de Artillería, las murallas levantadas y reforzadas durante el reinado de Carlos III y los castillos de la Atalaya, Galeras, los Moros y San Julián formaban un cinturón defensivo difícil de superar. A ello se sumaban las baterías que protegían la entrada del puerto y una guarnición acostumbrada a convivir con cañones, buques y almacenes de munición. Cartagena estaba rodeada por montes y defendida por el mar. Para conquistarla no bastaba con una incursión rápida. Hacía falta un ejército numeroso, artillería pesada, tiempo y el dominio de una costa vigilada por los aliados británicos.

Sin embargo, la ciudad no se limitó a esconderse detrás de sus murallas. Desde Cartagena salieron soldados, fusiles, pólvora, municiones y piezas de artillería con destino a distintos frentes. Un Regimiento de Voluntarios de Cartagena formado por alrededor de 1.500 hombres marchó a defender Zaragoza, mientras otros batallones fueron enviados hacia Valencia. El Arsenal y el Parque de Artillería abastecieron a los ejércitos que combatían en Levante y Andalucía. La ciudad se convirtió también en refugio para soldados derrotados, guerrilleros perseguidos, heridos de guerra y autoridades que huían de los territorios ocupados. Como recoge un estudio publicado por la Revista Ejército, Cartagena permaneció libre de tropas francesas, pero nunca estuvo realmente al margen de la guerra.

La amenaza comenzó a sentirse con toda su fuerza en la primavera de 1810. El general Horace Sebastiani reunió en Baza a unos 8.000 soldados y penetró en el antiguo reino de Murcia. Los Vélez fueron ocupados, Lorca quedó sin defensas y Murcia fue tomada y saqueada. Las tropas españolas retrocedían mientras los habitantes abandonaban sus viviendas ante el temor a los incendios, el pillaje y las represalias. La invasión estuvo cerca de abrir el camino hacia Cartagena, pero Sebastiani no se atrevió a continuar. Las fortalezas cartageneras, la dificultad de mantener un asedio y el temor a las epidemias que castigaban la zona hicieron que los franceses buscaran objetivos más vulnerables.

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Durante meses, Cartagena vivió mirando hacia sus murallas. Los castillos permanecían artillados, las guardias vigilaban los caminos y cualquier cañonazo podía anunciar la llegada del enemigo. La ciudad estaba preparada para combatir, pero sufría por dentro. La fiebre amarilla golpeó con dureza en 1810 y volvió a hacerlo entre 1811 y 1812. Murieron centenares de personas, faltaban alimentos y el hacinamiento aumentaba con la llegada de militares, enfermos y refugiados. Aun así, Cartagena siguió enviando ayuda y mantuvo abiertas sus instalaciones militares. Su resistencia no fue únicamente la de unos muros de piedra. Fue también la de una población debilitada por la enfermedad y el hambre que decidió mantenerse firme.

El momento más peligroso llegó en enero de 1812. Valencia había capitulado el día 9 ante el mariscal Suchet y Cartagena y Alicante quedaban como las dos grandes plazas libres del Levante. Napoleón había ordenado avanzar sobre ellas. Mientras Suchet dirigía su mirada hacia Alicante, las tropas del mariscal Soult prepararon una maniobra para sorprender Cartagena. La guarnición conocía el peligro y el 17 de enero el gobernador Francisco Javier de Uriarte publicó un bando para organizar la resistencia, reducir el número de personas que debían ser alimentadas dentro del recinto y preparar a la ciudad para un posible ataque.

Entre el 23 y el 24 de enero, Soult intentó engañar a las fuerzas españolas simulando un movimiento hacia Albacete. Después cambió de dirección, atravesó el Campo de Cartagena y se presentó sigilosamente ante la ciudad. Sus tropas instalaron baterías móviles en las inmediaciones del Almarjal, convencidas de que podrían acercarse lo suficiente para abrir una brecha o forzar una rendición. Frente a ellas se alzaban las murallas y, dominando el terreno desde las alturas, los cañones del castillo de la Atalaya.

La sorpresa duró poco. Los vigilantes descubrieron el movimiento francés y los artilleros cartageneros abrieron fuego. Los primeros disparos fueron certeros y desmontaron parte de la línea de cañones que Soult intentaba desplegar. El mariscal comprendió inmediatamente el problema. Para tomar Cartagena tendría que neutralizar la Atalaya, acercar artillería de gran calibre, abrir brechas en las murallas y mantener durante semanas o meses a miles de hombres en un territorio castigado por las epidemias. Tampoco podía bloquear el puerto ni impedir que la ciudad recibiera ayuda por mar. Aquella no sería una conquista rápida, sino una lucha larga y costosa cuyo resultado estaba lejos de estar asegurado.

Soult ordenó retirarse. No hubo rendición, capitulación ni negociación. Los franceses abandonaron las inmediaciones de Cartagena sin haber cruzado sus puertas. Apenas dos días después entraron en Murcia, donde encontraron una ciudad prácticamente desierta. Durante los días 25 y 26 de enero, las tropas imperiales saquearon viviendas, exigieron dinero y protagonizaron actos de violencia y destrucción. El contraste fue doloroso. Mientras la capital murciana sufría nuevamente la ocupación, Cartagena continuaba intacta detrás de sus murallas. La documentación histórica conservada por el Archivo Municipal de Cartagena señala que unos cuantos cañonazos desde la Atalaya fueron suficientes para convencer a Soult de que aquella plaza no podía tomarse mediante una simple sorpresa.

Los franceses no volvieron a intentarlo. Sabían que cualquier operación seria contra Cartagena exigiría un ejército de grandes dimensiones y el control del mar, dos condiciones que nunca pudieron reunir. La ciudad continuó desempeñando su papel como arsenal, refugio y base de abastecimiento de los ejércitos españoles y británicos. El 31 de enero llegaron además tropas inglesas para reforzar la plaza, mejorar algunas defensas y garantizar que el puerto siguiera funcionando al servicio de la causa aliada. Cartagena no había librado un asedio devastador como Zaragoza o Gerona, pero había conseguido algo extraordinario. Su preparación, su capacidad militar y la determinación de sus defensores hicieron que el enemigo comprendiera que entrar en ella tendría un precio demasiado alto.

Decir que los franceses jamás pisaron Cartagena debe entenderse en su verdadero sentido histórico. Hubo ciudadanos franceses antes de la guerra y también prisioneros encerrados en sus cuarteles y buques, pero ningún ejército napoleónico recorrió sus calles como vencedor. No hubo gobernador impuesto por José Bonaparte, soldados ocupando el Arsenal ni población obligada a someterse al invasor. Mientras buena parte de España se encontraba bajo dominio francés, Cartagena siguió siendo territorio libre y una pieza decisiva para mantener viva la resistencia en el Mediterráneo. La relación de poblaciones saqueadas y el papel de la ciudad como principal base de aprovisionamiento aparecen recogidos también por Región de Murcia Digital.

A veces la historia recuerda las grandes batallas y olvida las victorias que evitaron tener que librarlas. Cartagena venció antes de que el enemigo pudiera entrar. Venció cuando levantó sus murallas, cuando preparó sus castillos, cuando envió a sus hijos a otros frentes y cuando mantuvo funcionando su Arsenal en medio del hambre y la enfermedad. Venció aquella mañana de enero en la que los cañones de la Atalaya hablaron por toda la ciudad. Napoleón pudo señalar Cartagena en sus mapas y ordenar su conquista, pero sus soldados nunca desfilaron por sus calles. Mientras a su alrededor caían ciudades y pueblos, Cartagena permaneció en pie, cerrada al invasor y abierta a quienes necesitaban refugio. Esa fue su gran victoria y una de las páginas más heroicas, aunque también más olvidadas, de su historia.

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Aida Belmonte
Aida Belmonte
Aida Belmonte dirige ¿Dónde Comemos? Cartagena, donde lidera el enfoque informativo del medio y la cobertura de actualidad local, cultural y social en Cartagena y su comarca.
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