Cartagena volvió a mirarse en el espejo de su tradición más tierna y prometedora en la tarde luminosa del Domingo de Ramos. La Cofradía California puso en la calle la procesión de la Entrada de Jesús en Jerusalén, la popular Burrica o de Las Palmas, en la que la ciudad no solo celebra un pasaje evangélico, sino también el futuro de su Semana Santa.
Desde primeras horas de la tarde, el centro se llenó de palmas al viento y pasos menudos que, sin perder el compás, avanzaban con una seriedad que sorprende y emociona. Sin capirotes, sin la solemnidad más sobria de otros desfiles, fueron los niños y niñas, vestidos de hebreos, quienes asumieron el protagonismo absoluto. En sus manos, ramas de olivo; en sus rostros, una mezcla de concentración y orgullo que deja entrever que la tradición está asegurada.
No es un desfile menor. Es, en realidad, una escuela al aire libre. Cada formación, cada fila, cada giro medido es un ensayo de lo que vendrá en los días grandes. Ahí se forjan quienes, en pocos años, vestirán el terciopelo y desfilarán con la madurez que hoy empiezan a aprender bajo el sol de marzo.
La Cofradía California mantiene así una de sus señas de identidad más queridas: convertir la infancia en semilla de futuro. Y lo hace sin renunciar a su riqueza estética y simbólica. Junto a los más pequeños, desfilaron los personajes bíblicos que desde el siglo XIX dan personalidad única a los cortejos californios. Figuras como Moisés con las tablas de la Ley, el Rey David, el Faraón, el Rey Herodes o el Sumo Sacerdote volvieron a recorrer las calles, encarnados por hermanos que, desde el anonimato, sostienen una tradición que es ya patrimonio emocional de Cartagena.
La ciudad respondió como siempre: con aceras llenas, miradas cómplices y ese silencio respetuoso que solo se rompe con el murmullo de la admiración. Porque en la Burrica no solo se contempla una procesión; se asiste al relevo generacional de una pasión que no entiende de edades, pero que encuentra en los más pequeños su expresión más pura.












