El reloj se adelanta y el día se estira: lo que realmente cambia este fin de semana

Por qué se adelanta el reloj, cómo impacta en la salud y qué implica vivir en el huso horario de Berlín en lugar del que corresponde a España

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Colaborador JF Galindo

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En la madrugada del próximo sábado al domingo, cuando el silencio aún pesa más que el sueño, el tiempo dará un pequeño salto hacia adelante. A las dos serán las tres. Una hora que desaparece sin despedirse, como si alguien hubiera pasado página antes de terminar el capítulo. Y, sin embargo, ese gesto casi invisible sigue marcando la vida de millones de personas.

El cambio de hora no es nuevo ni caprichoso. Nació con una intención práctica: aprovechar mejor la luz natural y reducir el consumo energético. Durante décadas, la idea parecía incuestionable. Ajustar los relojes para que las horas de actividad coincidieran con las de luz solar tenía sentido en una sociedad mucho más dependiente de la iluminación natural. Hoy, sin embargo, el debate sigue abierto. La tecnología ha cambiado nuestros hábitos y el ahorro energético ya no es tan evidente como antes.

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Pero más allá de la eficiencia, lo que realmente sentimos es el impacto en nuestro cuerpo. Porque el reloj biológico no entiende de decretos. Adelantar la hora implica dormir menos esa noche y, durante unos días, arrastrar una ligera sensación de desajuste. Hay quien lo nota apenas unas horas y quien necesita varios días para adaptarse. Algunos estudios señalan que estos cambios pueden afectar al descanso, al estado de ánimo e incluso a la concentración. No es un drama, pero tampoco es completamente inocuo.

Y en medio de todo esto, hay una paradoja que pocas veces se recuerda. España, por geografía, debería compartir huso horario con países como Reino Unido o Portugal. Nuestro meridiano natural no es el de Berlín. Sin embargo, desde hace décadas vivimos ajustados a la hora centroeuropea. La razón no es astronómica, sino histórica. Durante la Segunda Guerra Mundial, el régimen de Franco decidió alinear la hora española con la de la Alemania nazi, y ese cambio, que en principio iba a ser provisional, se quedó para siempre. Desde entonces, convivimos con una hora que, en cierto modo, no nos corresponde.

Por eso, cada cambio de hora arrastra una sensación extraña: no solo movemos las agujas, también seguimos sosteniendo una decisión del pasado que aún hoy condiciona nuestros ritmos diarios.

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Conviene, además, no olvidar lo más sencillo. Este fin de semana toca ajustar manualmente aquellos relojes que no lo hacen solos. Microondas, hornos, relojes de pared o de pulsera… pequeños recordatorios de que, aunque vivamos rodeados de tecnología, aún hay gestos que dependen de nosotros.

A partir del domingo, las mañanas llegarán un poco más oscuras. Costará un poco más abrir los ojos con la primera luz. Pero la tarde, en cambio, se alargará. El día se estirará hacia la noche, regalando más horas de claridad después del trabajo, más tiempo para pasear, para vivir la calle, para sentir que el invierno queda definitivamente atrás. Y ese proceso no se detiene ahí. La luz seguirá ganando terreno día a día hasta alcanzar su punto máximo en el solsticio de verano, cuando el calendario parece detenerse en el instante más largo del año. A partir de entonces, casi sin que lo notemos, comenzará el camino inverso.

Quizá por eso el cambio de hora sigue teniendo algo simbólico. No es solo una cuestión de relojes. Es una forma de recordarnos que el tiempo no es tan rígido como parece, que lo moldeamos, que lo adaptamos… aunque no siempre sepamos muy bien por qué seguimos haciéndolo.

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Aida Belmonte
Aida Belmonte dirige ¿Dónde Comemos? Cartagena, donde lidera el enfoque informativo del medio y la cobertura de actualidad local, cultural y social en Cartagena y su comarca.
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