Hoy descansa bajo techo en el Museo Naval de Cartagena, brillante, silencioso y rodeado de visitantes que lo contemplan como una extraordinaria pieza del pasado. Sin embargo, el submarino Peral no nació para ocupar un museo ni para convertirse en el fondo de miles de fotografías. Nació para combatir, para defender las costas españolas y para transformar por completo la guerra en el mar. Lo verdaderamente curioso es que lo consiguió sobre el papel y durante sus pruebas, pero nunca tuvo la oportunidad de demostrarlo frente a un enemigo real.
Isaac Peral concibió su proyecto después de la crisis de las islas Carolinas de 1885, cuando España estuvo cerca de enfrentarse a Alemania. El marino cartagenero comprendió que el país no podía competir construyendo grandes acorazados al mismo ritmo que las potencias industriales, pero sí podía recurrir a una nave pequeña, invisible y armada con torpedos. Era una idea tremendamente moderna: en lugar de enfrentarse de frente a los gigantes del océano, había que esperarlos bajo el agua.
El submarino comenzó a construirse en el Arsenal de La Carraca y fue botado el 8 de septiembre de 1888. Una de las curiosidades de aquel día fue la desconfianza que despertaba su casco redondeado. Algunos aseguraban que, al tocar el agua, daría una vuelta completa y quedaría con la quilla hacia arriba. Peral, convencido de sus cálculos, dibujó con tiza una línea alrededor del casco para señalar hasta dónde debía llegar el agua. Cuando el submarino quedó a flote, la superficie alcanzó exactamente aquella marca. El inventor había hecho las cuentas mejor que sus críticos.
El barco medía 22 metros de eslora, desplazaba 77 toneladas en superficie y podía sumergirse hasta unos 30 metros. Su dotación estaba formada por doce hombres y se movía mediante dos motores eléctricos alimentados por aproximadamente 613 acumuladores, cada uno de los cuales pesaba alrededor de 50 kilos. Disponía de un tubo lanzatorpedos en la proa y podía transportar tres torpedos. No era una maqueta ni una ocurrencia salida de una novela de Julio Verne: era una máquina de guerra funcional, silenciosa y capaz de atacar desde debajo del agua.
También incorporaba adelantos que hoy parecen normales, pero que en el siglo XIX resultaban casi increíbles. Contaba con un primitivo periscopio, sistemas para renovar el aire, una corredera eléctrica para calcular la navegación, un reflector, una sirena eléctrica y el famoso «aparato de profundidades», diseñado por Peral para mantener automáticamente la nave a la cota deseada y corregir su inclinación. Aquel sistema funcionó durante unas pruebas que llevaron al submarino a recorrer cerca de 300 millas náuticas, tanto en la bahía de Cádiz como en mar abierto.
Otra de sus grandes curiosidades se produjo durante los ejercicios de ataque contra el crucero Cristóbal Colón. En una prueba diurna, la torreta óptica del submarino fue descubierta antes de alcanzar la distancia prevista. Aquello fue utilizado por sus adversarios para señalar que el barco podía ser detectado. Sin embargo, las condiciones del ensayo eran poco realistas: todos los observadores sabían que el Peral se encontraba allí y escudriñaban el horizonte tratando de encontrarlo. Durante los ataques nocturnos ocurrió justo lo contrario. El submarino consiguió acercarse varias veces a menos de 200 metros del crucero sin ser visto y tuvo que encender su propio faro para demostrar que había alcanzado la posición de disparo.
Las pruebas oficiales finalizaron en 1890 con un resultado favorable, aunque se señalaron problemas de estabilidad en superficie, estanqueidad y autonomía. Peral conocía aquellas limitaciones y propuso construir un segundo submarino de unos 30 metros de eslora, mayor potencia, dos tubos lanzatorpedos, mejores baterías, varios periscopios y un casco preparado para navegar mejor con oleaje. La propia Junta Técnica consideró que muchos ensayos habían sido un éxito y recomendó fabricar otro barco en el que se corrigieran los defectos del prototipo.
Pero en España cambió el Gobierno y también cambió el viento político. En julio de 1890 regresó al poder Cánovas del Castillo y José María Beránger asumió el Ministerio de Marina. Ambos eran poco favorables al proyecto. Las discusiones técnicas se mezclaron con rivalidades personales, intereses industriales, miedo al gasto y una resistencia casi visceral ante una idea que rompía con todo lo conocido. En apenas unos meses, Peral pasó de recibir felicitaciones de la reina regente, del Parlamento y de buena parte del país a contemplar cómo su trabajo quedaba paralizado.
Esta es la razón principal por la que el submarino Peral no participó en la Guerra de Cuba. Cuando el conflicto con Estados Unidos estalló en 1898, el proyecto llevaba casi ocho años abandonado. Los elementos eléctricos habían sido retirados en 1890; en 1892 se ordenó desmontar los motores y el tubo lanzatorpedos; los torpedos fueron devueltos a los buques de los que procedían; el periscopio desapareció y el casco quedó arrumbado en La Carraca. Isaac Peral había dejado la Armada en enero de 1891 y falleció en 1895. En 1898 no existía un submarino listo para entrar en combate, sino el cascarón vacío de una oportunidad perdida.
También conviene derribar otro mito. El prototipo original no estaba pensado para atravesar por sus propios medios el océano Atlántico y presentarse de repente frente a las costas cubanas. Sus baterías debían recargarse en tierra, tenía dificultades para navegar con fuerte oleaje y había sido concebido principalmente como un torpedero submarino para la defensa costera. Para que hubiese participado en Cuba, España tendría que haber aprobado el segundo modelo, construido una serie de unidades mejoradas, formado a sus dotaciones y desplegado algunos submarinos en La Habana, Santiago de Cuba, Puerto Rico o Filipinas antes de comenzar la guerra.
Y aquí aparece la gran pregunta: ¿qué habría ocurrido si España hubiera continuado el proyecto? No puede afirmarse seriamente que un solo submarino hubiese ganado toda la guerra, pero una flotilla de unidades derivadas del Peral habría modificado radicalmente las operaciones navales. La estrategia estadounidense dependía del bloqueo de los puertos cubanos y de mantener sus grandes barcos cerca de la costa. La escuadra de Cervera quedó atrapada en Santiago de Cuba y fue destruida cuando intentó romper el cerco el 3 de julio de 1898. Unos submarinos capaces de aproximarse de noche sin ser detectados habrían obligado a los buques bloqueadores a permanecer más alejados, moverse constantemente y dedicar medios a una amenaza para la que todavía no existía una defensa eficaz.
Quizá España hubiera perdido igualmente sus últimas colonias, porque detrás del conflicto existían enormes diferencias económicas, industriales y militares. Pero la derrota no habría resultado tan rápida ni tan sencilla. Un acorazado estadounidense hundido por un torpedo español podría haber cambiado la opinión pública, alterado las negociaciones de paz y evitado que la escuadra de Cervera saliera hacia una destrucción prácticamente segura. La historia no se habría escrito de la misma manera.
Las consecuencias habrían llegado mucho más lejos que Cuba. España podría haberse convertido en la primera potencia con una verdadera fuerza submarina, desarrollando astilleros, industrias eléctricas, escuelas técnicas y nuevas generaciones de ingenieros navales. Cartagena, como principal base submarina y ciudad natal de Peral, habría ocupado un lugar todavía más importante en la industria militar y tecnológica europea. Es posible que el país hubiese entrado en el siglo XX con mayor confianza en su ciencia, en lugar de hacerlo marcado por el desastre del 98 y por la sensación de haber quedado definitivamente atrás.
Por eso el submarino Peral no es únicamente una curiosidad histórica. Es también una advertencia. Demuestra que un país puede tener delante una idea capaz de cambiar el mundo y, aun así, dejarla oxidarse por miedo, envidia, burocracia o falta de visión. El casco que hoy se contempla en Cartagena sobrevivió de milagro al abandono y al desguace. Su presencia recuerda lo que Isaac Peral consiguió, pero también todo aquello que España decidió no intentar.
Tal vez la actualidad sería muy distinta si aquellos gobernantes hubieran escuchado al marino cartagenero. No sabemos si España habría conservado Cuba, pero sí sabemos que habría llegado a 1898 con un arma revolucionaria que ninguna otra flota estaba preparada para combatir. Y puede que la mayor curiosidad del submarino Peral sea precisamente esa: fue construido para sumergirse bajo el mar, pero terminó hundido por decisiones tomadas en tierra.

















