Cartagena convierte la luz en memoria: el Modernismo revive entre alquimia y fotografía

La exposición Modernismo Alquímico fusiona piezas históricas y técnicas fotográficas para redescubrir la belleza del pasado en Cartagena

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Hay objetos que nacieron para ser útiles y terminaron siendo eternos. Permanecen en vitrinas, en cajones heredados o en la memoria de quienes los sostuvieron alguna vez entre las manos. Ahora, en Cartagena, esos fragmentos de otro tiempo han encontrado una nueva forma de respirar. La exposición Modernismo Alquímico: La materia de los sueños no se limita a mostrar piezas del pasado: las despierta.

Desde este 24 de abril y hasta el 27 de junio, el espacio museístico acoge una propuesta que parece susurrar al visitante desde finales del siglo XIX. Una época en la que lo cotidiano dejó de ser simplemente funcional para transformarse en arte. Muebles, lámparas, gafas o delicados frascos de perfume dejaron entonces de cumplir solo su cometido práctico para convertirse en pequeñas obras cargadas de intención estética. Hoy, más de un siglo después, la tecnología les ofrece una segunda oportunidad para revelarse con una intensidad que sus creadores jamás imaginaron.

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La exposición, impulsada por el Ayuntamiento dentro del programa Cartagena Modernista, nace del diálogo entre dos mundos que, lejos de contradecirse, se complementan. Por un lado, la artesanía minuciosa de una época marcada por el esplendor del Art Nouveau; por otro, la precisión quirúrgica de la fotografía contemporánea. El resultado no es una simple suma, sino una transformación. Una alquimia.

La artista Ana Romero Tovar lo explica como una necesidad casi poética: rescatar la verdadera dimensión de unos objetos concebidos entre 1870 y 1920 que, en su momento, no pudieron ser contemplados en toda su complejidad visual. La luz, ahora, actúa como una herramienta narrativa. No ilumina, interpreta. Cada reflejo ha sido pensado, cada sombra colocada con intención, cada textura desvelada como si el objeto quisiera contar su propia historia.

Junto a ella, Joaquín Giró Fernández ha contribuido a convertir la técnica en lenguaje. Sistemas de iluminación de alta precisión, fuentes de luz continua y flashes de última generación no se utilizan aquí para mostrar, sino para esculpir. La fotografía deja de ser un medio para convertirse en una forma de revelación.

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Entre las piezas más evocadoras destacan los frascos de perfume del célebre René Lalique, auténticos símbolos del modernismo europeo. En ellos se reconocen las musas, las formas orgánicas, la delicadeza floral y la importancia del vidrio como elemento expresivo. Pero también hay espacio para lo íntimo, para lo cercano. Objetos cedidos por particulares que arrastran consigo una memoria doméstica, como esas gafas que un día acompañaron a una abuela mientras cosía en silencio y que hoy, bajo una nueva luz, adquieren una belleza inesperada.

La exposición no solo mira hacia atrás. También invita a reconsiderar el presente. A entender que la tecnología, cuando se utiliza con sensibilidad, no reemplaza al pasado, sino que lo amplifica. Que la historia no es estática, sino que puede reinterpretarse continuamente.

En esa intersección entre lo antiguo y lo contemporáneo, Cartagena encuentra una nueva forma de contarse a sí misma. Una ciudad que, a través de iniciativas como esta, no solo preserva su legado, sino que lo reimagina. Porque quizá la verdadera alquimia no esté en transformar los objetos, sino en cambiar la forma en que los miramos.

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Aida Belmonte dirige ¿Dónde Comemos? Cartagena, donde lidera el enfoque informativo del medio y la cobertura de actualidad local, cultural y social en Cartagena y su comarca.
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