El Potaje de la Vigilia. Contado por la abuela, al calor del fuego lento

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Había llegado la Semana Santa, y en la cocina de la abuela, de paredes encaladas y techos altos con vigas de madera, todo olía a recogimiento, a tradición… y a potaje. El reloj de pared daba las ocho campanadas de la mañana, cuando la abuela ya tenía el delantal puesto y el fuego encendido en el viejo hogar de leña. Una olla de barro esperaba impaciente su porción de historia.

—Hoy haremos potaje de vigilia, hijicos —decía mientras sacaba de la alacena el garbanzo remojado desde la noche anterior—. Que, aunque no se coma carne, no faltará el sabor en esta casa.

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Sobre la mesa de madera, aún con el vaho del amanecer, fue alineando con parsimonia los ingredientes: un puerro tierno, dos tomates gordos y maduros como el sol de marzo, una cebolla redonda y generosa, y un pimiento verde de esos que crujen cuando los partes con las manos. Todo cortado a cuchillo, sin prisa, pero con firmeza, como hacen las manos sabias.

En una sartén negra del uso, la abuela hizo su sofrito. Primero el puerro y la cebolla, luego el pimiento, y, por último, los tomates pelados, deshechos casi con los dedos. El olor llenó toda la casa. Cuando el sofrito estaba listo, lo añadió a la olla con los garbanzos ya cociendo con agua clara y un poco de laurel.

El bacalao, que había estado desalándose con mimo en agua desde dos días antes, lo desmigó a mano, quitándole cada espina como si de un ritual se tratase. Las espinacas, recién traídas del huerto, fueron lavadas hoja por hoja y se añadieron al potaje cuando el hervor estaba en su punto justo.

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—Hay que cocerlo despacio —decía abanicando la lumbre—, como se cuecen los recuerdos, sin prisas, que, si se apura, el sabor no se queda.

Cuando el potaje estaba casi listo, cascó dos huevos y los vertió con cuidado sobre el caldo, que los abrazó en su burbujeo. Allí quedaron, flotando como lunas blancas entre garbanzos y espinacas, cociéndose al calor de siglos de vigilia.

Sirvió los platos con cucharón de hierro, uno a uno, y el aroma del potaje llenó la estancia como si fuera incienso. En la cocina no se hablaba de penitencia, sino de disfrute, de tradición, de esa cocina que no entiende de prisas ni modas, pero que sí entiende de amor, de historia y de fe.

Y así, cada Semana Santa, el potaje de la abuela era más que una receta: era un rezo que se comía con cuchara.

Ingredientes para 6 personas:

300 g de garbanzos (puestos a remojo la noche anterior

1 puerro

2 tomates maduros

1 cebolla

1 pimiento verde italiano

300 g de bacalao desalado

2 huevos

Un manojo de espinacas frescas

Aceite de oliva, laurel y sal al gusto.

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